viernes, 18 de noviembre de 2016

Detroit


CIUDAD DE DETROIT
En Mayo-Junio del 2014

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PREFACIO

Revolotea en el suelo una bolsa de plástico:
es de las pocas cosas que aún tienen vida aquí.
Los matorrales invasores devoran todo
en su implacable avance como un tumor maligno.
Todo está cubierto por los escombros y objetos
olvidados que tal vez pertenecieron a alguien
y ahora se funden lentamente en el adiós,
los únicos vestigios de intestinos orgánicos
que quedan de inmensos esqueletos de hormigón.
Los fósiles no tienen vida, pero conservan
la memoria vanidosa de días brillantes
hasta que sus sesos de chatarra son sorbidos
por las ratas y los ratos muertos, ¿qué memoria?
Ya no llegan trenes a la estación, sólo parten.


PRECUELA

Recuerdo aquellos otros tiempos, los buenos tiempos.
Recuerdo nuestros comienzos: teníamos ganas.
El bullicio de ajetreadas masas de gente
bajo el tejado de un cielo color gris progreso
tan sólo era amortiguado al entrar en la fábrica.
La nueva industria automotriz funcionaba a toda
marcha mientras ensamblábamos sueños mecánicos.
¿Existe mejor sinfonía que la compuesta
por la filarmónica de bielas y pistones
al son de pringosas y determinadas manos?
Cuando el rugido de un nuevo motor de explosión
era otra meta sobrepasada en el trayecto:
teníamos hambre, comíamos ambición
a rebosar de sudor y grasa saludable.

**

Recorríamos caminos de neón después
del trabajo, atravesando efervescentes calles
hacia la buena vida: tiendas, bares, licores…
La ciudad lo ofrecía, lo habíamos ganado.
Necesitábamos bolsas de plástico para
portar todo lo que consumir, logrado a cambio
de regalar nuestra humanidad, éramos máquinas.
Tirábamos, sin reparar en las consecuencias,
al suelo las latas de cerveza; en un poyete
abandonábamos las botellas de cristal
vacías tras la noche, a su suerte quebrantadas.
Las primeras luces del alba no distinguían
apenas el cielo negro del, sin aún saberlo,
tono gris decadencia que ya todo envolvía.


PREMISA

Resurge el día en la ciudad con un techo gris
pálido que amenaza con dejar ver el sol;
no sé definirlo, quizá gris incertidumbre.
Ya todos os estáis marchando, reina el silencio;
hay iglesias de hermosas vidrieras y huecas de fe,
fastuosos cementerios de coches en vigilia,
canchas de basket huérfanas de mallas metálicas;
cristales rotos de las ventanas de la fábrica
violan a los de nuestras despechadas botellas.
Nadie me asalta, nadie me dispara en la nuca;
transito casi trece kilómetros sin miedo…
Sin miedo, pero encogido frente a la victoria
de los matorrales sobre las bolsas de plástico.
Ya partió el último tren de la estación central.


EPÍLOGO

Resisten ebrias algunas casas de madera,
que aguardan la eutanasia de un fuego libertario…
Pero no queda nadie, os habéis marchado todos.
Yo no puedo acompañaros, ya lo entenderéis:
una farola muerta, una alcantarilla limpia,
una señal de stop, un cartel publicitario…
Ahora formo parte del mobiliario urbano.
El techo gris sentencia está cada vez más claro,
y empieza el fusilamiento de rayos de sol
que hacen desmoronarse los magnos esqueletos
de hormigón, aplastando ratas y cucarachas.
Finalmente, se tiñe el cielo de azul letal:
todo se desvanece cual atroz espejismo.
Donde se erguía la ciudad, se extiende la tundra.

6. Ciudad de Detroit
Desgarro - I. El Tiempo
Pedro M. Cepedal Flores

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 *Fotografías: Y. Marchand & R. Meffre, 'Ruins of Detroit'.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El Gran Cuervo


EL GRAZNIDO


Silba la brisa, pero las hojas no se mueven;
están los árboles tan vivos como las grises
paredes de la casa donde habita el gran cuervo.
Allí donde se lucha por la vida huele a muerte.

¿Es que no la hueles? Yo sí la huelo, ¿por qué, por qué?
Yo, el de las dotes premonitorias, me preparan:
extienden su aroma, reproducen sus graznidos,
cuyos ecos resuenan en otras cuencas, otros
riscos tan distantes y cercanos, semejantes
aunque no idénticos, nunca idénticos al mío.

Yo, el de las dotes premonitorias: sé, lo sé:
aún no lo escucharé, pero se acerca y jamás
estaré preparado, porque siento sus pasos,
pero… ¿cuándo el silencio tras el último de ellos;
cuándo su quebranto por el graznido final?

Sé que no sabré cómo sentirme, qué pensar.
¿Acaso hará falta pensar algo? Me horrorizan
estas paredes grises de la casa del cuervo.
¿Llorará mi tortuga cuando yo oiga el graznido?
¿Se enterará siquiera? Tú no lo entiendes, ¡déjame!
Me quema el brazo, siento dolores en el pie:
mala postura, un hongo, un calambre muscular…
Tú ahora lo ignoras, pero ya llorarás, ¡déjame!

Yo, el de las dotes premonitorias: ¿guardo fe?
Cuando no me consuela creer en otra vida,
al oír el graznido estallarán mis creencias
como metralla de una convicción no  alcanzada
en plenitud, insuficiente. No sé qué fe
podría abrazar que no estallara cuando sienta,
con ojos vendados, retumbar el aleteo
por las cimas colindantes, esparciendo su eco:
gris aroma que preconiza un negro ancestral.
Yo, el de las dotes premonitorias: ya no lo huelo.



46. El Graznido
Desgarro - V. El Fin
Pedro M. Cepedal Flores

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'Bird Cage', N. Ceccoli

domingo, 30 de octubre de 2016

Inmortal


INMORTAL


El reptil se estiraba al sol;
ojos glaciares reflejaban
lo que con los míos no vi,
emborronados por el humo
de cigarros y whisky tibio
en noches velando por un
verso que llegó moribundo.

Por encima de este dolor latente,
por encima me he creído.
Temerario, he vivido en la sapiencia
de la eterna inmunidad.
Mi rostro era el espejo del poder
de quien trasciende los años.

He observado al reptil crecer, reptar,
regenerar sus escamas.
He poseído la inmortalidad.

Pero el reptil pre-hiberna ahora,
y, en su cabeza medio oculta,
glaciares me miran sus ojos,
negros y grandes, y lo veo:
mi rostro se marchita y cubre
de vello tajos en mi hocico,
las gargantas bajo mis ojos.

Y la piel. La piel en descamación,
el dolor patente y rítmico,
el pellejo rosado del declive.

Los días del Inmune han expirado:
el Inmune se retuerce,
sobre una cama entre blancas paredes,
ante el dolor y ante el frío.
Los días del Inmortal han vencido:
el Inmortal envejece.

Lo veo mejor en los ojos
glaciares del reptil, lo siento
en su caparazón helado,
punzante con ritmo sereno.
La inmortalidad, ya marchita
sobre el reptil aletargado:
eterno reinado del frío.



45. Inmortal
Desgarro - V. El Fin
Pedro M. Cepedal Flores

domingo, 23 de octubre de 2016

A los pies del jardín...



EL ETERNO

La procesión avanza, el griterío ha terminado.
Cantan la gloria de los ausentes queridos
hablando a voces en torno a sus mesas,
esparciendo flores que se lleva la lluvia.
Estoy en la puerta al pie del jardín,
viéndolos pasar como nubes del cielo;
intento gritar en el calor del momento,
poseído por una furia que me quema por dentro.

Lloro como un niño, aunque estos años me envejecen:
con chiquillos mi tiempo se desperdicia.
Una carga que mantener a pesar de su comunión interna,
acepto como maldición una partida infeliz
jugada junto a la puerta al pie del jardín;
mi visión se extiende desde la valla a la pared.
Ninguna palabra ezplica, ningún gesto decide.
Sólo contemplo los árboles y las hojas que caen.

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Joy Division, sobre el Epping Walk Bridge, Manchester.. Fotografía: Kevin Cummis, Revista NME, 6 de Enero de 1979.

THE ETERNAL

Procession moves on, the shouting is over
Praise to the glory of loved ones now gone
Talking aloud as they sit round their tables
Scattering flowers washed down by the rain
Stood by the gate at the foot of the garden
Watching them pass like clouds in the sky
Try to cry out in the heat of the moment
Possessed by a fury that burns from inside

Cry like a child, though these years make me older
With children my time is so wastefully spent
A burden to keep, though their inner communion
Accept like a curse an unlucky deal
Played by the gate at the foot of the garden
My view stretches out from the fence to the wall
No words could explain, no actions determine
Just watching the trees and the leaves as they fall


*Letra y traducción extraídas del libro ‘Ian Curtis, en cuerpo y alma: cancionero de Joy Division’ -Editorial Malpaso. Edición de Deborah Curtis y Jon Savage. Traducción de Daniel Gascón-.

08 - The Eternal (Closer) - Joy Division

lunes, 17 de octubre de 2016

Lo Extraordinario


CORRIENTE

Viernes, 17 de Octubre de 2014


He renunciado a lo extraordinario
para vivir lo corriente.

El mar, en plena calma,
en murmullos me ignora;
el mar hoy no huele a mar,
¡no quieren ser las olas!

Para ser de la marea gregario,
no me lleva la corriente.

Las moscas me persiguen,
también en nuestro banco;
no me dejan llorar…
¡Aquél no es nuestro banco!

Cuando el mar ya no huele a mar,
y no soy de la corriente gregario.

Sobre la arena oscura,
mis zapatos mojados.
Vida ordenada, gente
y un día soleado.

Por morir en lo corriente,
he renunciado a lo extraordinario.


38. Corriente
Desgarro - IV. El Amor
Pedro M. Cepedal Flores

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Niña entrando al mar, J. Sorolla